Los Principios de Acción Válida
 

1º El principio de adaptación

Principio 1

2º El Principio de acción y reacción

Principio 2

3º El Principio de la acción oportuna

Principio 3

4º El Principio de proporción

Principio 4

5º El Principio de conformidad

Principio 5

6º El Principio del placer

Principio 6

7º El Principio de la acción inmediata

Principio 7

8º El Principio de la acción comprendida

Principio 8

9º El Principio de libertad

Principio 9

10º El Principio de solidaridad

Principio 10

11º El Principio de negación de los opuestos

Principio 11

12º El Principio de acumulación de las acciones

Principio 12

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 Principio 6  6º El Principio del placer

Si persigues el placer te encadenas al sufrimiento. Pero en tanto no perjudiques tu salud, goza sin inhibición cuando la oportunidad se presente

 

Este Principio puede resultar chocante en una primera lectura, porque se piensa que se está diciendo: “Goza aunque perjudiques a otros, ya que el único freno es tu salud personal”. Pues bien, eso no se está diciendo. En realidad se explica que es absurdo el deterioro de la salud por el ejercicio de placeres exagerados o directamente nocivos. Pero además, se destaca que la negación prejuiciosa del placer produce sufrimiento; o que el ejercicio del placer con problemas de conciencia, también es perjudicial. En fin, la idea principal es aquélla de no perseguir el placer, sino de ejercitarlo sencillamente cuando se presenta, ya que buscar cuando no está presente el objeto placentero o negarlo cuando aparece, siempre son hechos acompañados de sufrimiento.

A este principio (como a todos los otros), no hay que sacarlo del conjunto o interpretarlo de manera que se oponga a otros. De este modo, hay otro Principio que dice: “Cuando tratas a los demás como quieres que te traten, te liberas”. Por consiguiente, el sentido cambia cuando se ejercita el conjunto, no un Principio aislado.

En la siguiente leyenda se describen posturas equivocadas y justas frente al objeto de placer:

El maestro regaló a la asamblea de sus discípulos un pastel mágico, del que se podía comer tanto cuanto se deseara, sin que por ello menguara en sus dimensiones. La condición era comer una sola vez al día.

Ese presente dio el maestro, al emprender un largo viaje y para evitar problemas menores a la comunidad de monjes.

Un primer discípulo probó el pastel y quedó maravillado por el sabor exquisito. Pero a poco de saciarse, comenzó a imaginar la ración del día siguiente. Así, de día en día, su obsesión fue creciendo. Tan intolerable se hizo aquello que decidió poner término a la situación comiendo una porción tal, que su deseo quedara satisfecho hasta la ración siguiente. Pero todo terminó con una indigestión tan tremenda que lo llevó al borde de la muerte.

En recuerdo de aquello, se colocó en el frente del monasterio una placa con la siguiente inscripción: “Sufre el que busca y el que desea conservar”.

Un segundo discípulo, tomando en cuenta lo sucedido, no quiso probar al principio el pastel, no obstante su gran deseo. Se había dicho que el placer llevaba al dolor y que, por tanto, para sufrir no había tampoco que gozar. Una cosa llevaba a la otra, según probaba la experiencia: pero sucedido, no obstante, que diariamente el asceta imaginaba montañas de pasteles sin poder probar un solo bocado. A veces, al dormir, enormes pasteles poblaban sus sueños y despertaba sobresaltado como alguien que es mordido por una de las grandes hormigas solitarias. En fin, que para evitar mayores sufrimientos, un día probó un trozo del maravilloso alimento, logrando con este traicionar sus convicciones y además, aumentar la obsesión

En el frente del monasterio se fijó una segunda placa que decía: “El pecado no está en el pastel ni en la barriga, sino en lo que se sueña y piensa por arriba”.

Finalmente, un tercer discípulo se pregunto por las tareas que había encomendado el maestro antes de la partida. Vio que el monasterio y la chacra y los animales habían quedado descuidados, que las diversas opiniones en torno al asunto del pastel habían dividido a la comunidad. Y entonces, empezó a hacerse cargo de todo antes del regreso del maestro. Mientras ponía orden en uno de los recintos, encontró el motivo del escándalo. Se detuvo un momento, cortó un buen trozo y lo saboreó lentamente. Luego, se olvidó del asunto tan atareado como estaba con el trabajo del monasterio.

Al regresar el maestro, se encontró con los dos carteles en la entrada de la casona y pidió que se le explicara todo aquello. Esto motivó que el maestro se deshiciera del pastel. Luego dijo: “Se ha cometido una gran injusticia. Poned una tercera placa que proclame: El exceso de un tonto fuerte y el ascetismo de un docto débil, llevan al mismo resultado. Para el santo es el trozo, que tanto problema deja al codicioso”.

 
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